Ayer me invadió la tristeza mientras nos comíamos a besos de despedida.
Llovía, o quizás había llovido, era algo que no podíamos saber. No respirábamos aire, y nos ahogamos.
Teníamos miradas externas en los labios y pensé en arrancarle los ojos a más de uno, por intentar robarnos las lenguas como si fueran gatos.
Sentía la necesidad de raptarte, de evadirte de tus obligaciones y de correr hacia ninguna parte. Sentía las ganas de pasar toda la noche abrazada a ti, de trazar una ruta por todo tu cuerpo a besos, deshacerla, y volver a empezar.
Quería empaparme de cielo, y saborear las nubes
contigo
Buscando cualquier pretexto absurdo con tal de no suplicar un quédate, llegamos a la hora exacta.
Qué sabor amargo dejó la tristeza por dulces que fueran tus labios.
Volvíamos a respirar aire pero me ahogué. Se me atragantaron dos palabras. Sentí miedo. Estaba muerta.
Me desgarraron las cuerdas vocales hasta las letras curvas del te quiero, y callé cobarde, y grite a miradas un notevayasquelaplayasequedadesierta.
Y aunque siempre has sido de película, no habrías bajado y te hubieras quedado toda la noche.
Y aunque siempre me digo que hay cosas que son mejor dejarlas para la gran pantalla, decidí tras haber dudado lo que fue para mi un relámpago en siglo, comunicarte lo que tanto me aterroriza.
Fue por ondas y lo desvalorizaste, pero es que no soy capaz de hablarte de ese miedo... -estoy muerta-.
Ya no llovía, pero había llovido, podía darme cuenta porque respiraba el frío de la noche y en los pulmones escocía tu ausencia.
Ayer me invadió la tristeza
Que llevabas escondida en la mirada,
Pero hasta hoy que te he leído, no había sido consciente.
Etna Suárez.
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