No me digas que no te acuerdas
de aquel día en el que hasta el Sol,
moría por tocarte.
Estabas radiante...
Incluso más que él.
Aunque arrastraras las ojeras de una mala noche
y vistieras a desconjunto
con lo primero que encontraste en tu armario.
A pesar de eso,
no pude evitar cegarme cuando te vi aparecer al doblar la esquina
y me regalaste una de tus preciosas sonrisas.
Créeme,
una ceguera placentera...
En ese momento no me importó,
pues pensé que te tendría eternamente.
Pero hoy ya no estás,
y yo ya no quiero rozar otro cuerpo que no sea el tuyo,
no quiero sentir por mi cuello
otro aliento que no sea el que sale de tu boca.
Y es que, con esta ceguera,
tengo miedo a lo desconocido,
y no hay nada más conocido
que el recorrido de tu cuerpo.
Sé el punto de tus cosquillas flojas,
conozco el lunar que tienes bajo el pecho
y que es tan irresistible...
Sé como y cuando abrazarte
para hacer que te estremezcas,
sé que te sienta mal el melón,
y que si hago café por la mañana,
me comes a besos.
A todo esto,
ya me han dicho que no tengo cura.
Así que...
¿Por qué no vienes con toda tu ternura,
y me abrazas por la espalda?
Sí, te echo de menos.
Pero ya te lo he dicho entre líneas,
no me hagas repetirlo...
¿Que no te das cuenta?
Te quiero comer otra vez
de los pies a la cabeza,
y pararme en tu oreja,
para hacerte cosquillas...
Que día y noche
tengo ganas de ti.
Y mi corazón sigue ciego,
latiendo con la esperanza de verte de nuevo,
aparecer por la puerta.
Marina Reche.

No hay comentarios:
Publicar un comentario