He agotado la paciencia, que era lo único que me quedaba.
Voy a coger un megáfono interno y voy a gritarle a mi cuerpo que ya está bien de gilipolleces, que saque la fuerza del cajón y se recomponga, que ya es hora de salir a respirar aire fresco y conocer nuevos olores, de esos que te transportan al inhalarlos con los ojos cerrados. Que ya es hora de recordar como caminar y disfrutar de cada uno de los paso al mirar, y alzar la vista al cielo.
Voy a necesitar un litro de mimos renovados y desconocidos para limpiar mi corazón infectado, y un puñado de desafilados y suaves abrazos que cosan las heridas que has ido dejando...
No te estoy culpando, pues he sido yo la que como una idiota, ha ido intoxicándose de un adiós que debería haberse quedado en el pasado y que he ido arrastrando día tras día al presente.
Voy a hacer una cosa más; voy a colgar un cartel que diga, que busco a un voluntario que quiera arriesgarse a adentrarse en este corazón.
¿Algún ser valiente?
Me rio, pues no voy a encontrar voluntario que se salve antes de ser contagiado, como ya ha ido pasando.
Porque no voy a curarme si no es con tu regreso, con tus abrazos, tus palabras, tus caricias...
Y si se cierra; si algún día se cierra este desgarro por cual me desangro, quedará una cicatriz con tu nombre que al acariciarla, desprenda tu olor y con él, traerá tu sonrisa a mi memoria haciendo que asomen mis dientes entre mis labios.
Por eso no voy a olvidarte,
porque conocer, es recordar.
Marina Reche.

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